Caminar por las calles de Tánger me produce admiración, me produce rabia, me produce ternura, no sé el por qué, tampoco me pidas explicaciones. No las sé dar en este caso, es lo que siento. Punto. Miradas que me dan un poco de miedo. El miedo que me producen el cuerpo y la mente. Un miedo normal que a veces no tengo el coraje de procesar.

Plaza 9 de abril en Táger.
Plaza 9 de abril en Táger. Marruecos.

Regresar a Tánger

Vicio, tal vez sea la palabra. Tal vez no. Me gusta regresar a Tánger, a sentir su aroma que no sé a qué sabe. Me encanta sentirme uno más, aunque a veces mi rostro y costumbres me delatan y más cuando balbuceo un francés enlatado, eso que compras en el supermercado a un poco más de un euro.

Diarios y periódicos en Tánger. No entiendo nada.
Diarios y periódicos en Tánger. No entiendo nada. Solo estoy de observador.

Estoy sentado en un café del Petit Socco, el Tinjis, veo pasar muchas historias. Muchas mujeres con velos, algunas con burkas, hombres con chibalas, extranjeros que parecen turistas, una mezcla de colores de cabellos, gente riendo, algunos con triste apariencia, aunque eso no se sabe, estas 48 horas en Tánger, tienen más sabor a menta que a café. Café sin cafeína es lo que aprendí a tomar y me acostumbré.

Miradas desde el Café Tinjis en Tánger, Marruecos.
Miradas desde el Café Tinjis en Tánger.

Escucho romper un vaso, el camarero corre rápido a recoger lo que queda. Seguro que es una diaria escena la que viven. Es normal para ellos, no lo es para mí. Me preocupa.

Té a la menta en el Café París. Tánger.
Té a la menta en el Café París. Tánger. Navidades del 2017.

Antes visité Tánger en una escapada de fin de semana, en la que pisaba África por primera vez, aquella oportunidad tenía nervios de principiante, ahora también, solo que menos.

Tánger desde lo alto.
Tánger desde lo alto.

En aquel viaje todo pasaba tan rápido que mi cerebro apenas procesaba lo que veía, me gustó, solo que esta vez, no hay un guía que me diga a dónde ir, siempre lo agradezco, aunque ahora es un placer orgásmico que recuerdas siempre, y perderme en la medina lo agradezco aún más. Es una mezcla de nervios, de no saber a dónde ir, de una reinante adrenalina que invade mi cuerpo.

La medina de Tánger.
La medina de Tánger. Me recuerda a Andalucía o viceversa.

Una carrera sin prisas. Sin competición. Sin jueces. Sin puntuación. Así es un viaje a Tánger.

Una lucha natural en Tánger.
Una lucha natural en Tánger.

El café que veo al lado apenas se enfría, el té a la menta me invita a un par de sorbos, mientras regreso el vaso a la mesa, me pongo a imaginar en un retroceso de muchos años, cuando el Petit Socco gozaba de una esplendorosa etapa, sobre todo después de haber visitado el mítico Hotel Continental, donde vi fotos de antaño, visitas de grandes personajes, de reyes, y un sinnúmero de fotos a blanco y negro. Imagino haber vivido esa etapa sin vivirlo.

Vistas desde el mítico Hotel Continental, Tánger.
Vistas desde el mítico Hotel Continental en Tánger.

Un grito desde el café de a lado me regresa al presente, me hace recordar que apenas tengo voz, saco los souvenirs que he comprado en las callecitas de la ciudad para ver si tengo lo suficiente para congratular a gente cercana, son cosas minúsculas con un gran corazón, a veces no es el precio que mide las cosas. El precio es sola una excusa para comprar o dejar de hacerlo.

¿Quién estará destrás de esta puerta en Tánger, Marruecos?
¿Quién estará destrás de esta puerta en Tánger?

Tras una hora en el café, creo que es hora de dar unas vueltas más para dejarme envolver que aún quedan dos días en Tánger. 

Marchando: Cuatro tés a la menta en una terraza en Tánger.
Marchando: Cuatro tés a la menta en una terraza en Tánger.

Hay Tánger, tan lejos y tan cerca…¡Continuará!

Mirando a Tánger.
Mirando a Tánger.

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